El rincón de mis recuerdos.

 

Es el cuarto de los trastos, aquél donde se arrumban las cosas que nada valen, que están inertes y sin función reconocida. Ahora que los malos tiempos me abrazan y nada tengo pendiente de hacer, entré. Abrí la puerta desvencijada que hacía las veces de guardián de los recuerdos de otros tiempos, como si estuviesen presos por condena injusta contra quienes construyeron mi propia historia.

 

Hacía muchos años que nada me hizo adentrarme en ese lugar, no se si por miedo a las telarañas, a las cucarachas, o simplemente porque estaba tan ocupada en el presente que nunca reparé en el significado de la palabra “pasado”, ni que para llegar a hoy necesariamente tuvo que haber un ayer... y allí estaban mis ayeres.

 

Me senté en la vieja butaca polvorienta, olí el aire humedecido y cerré los ojos para adentrarme en mis recuerdos.

 

Volví a vivir las tardes preciosas de otoño, cuando jugaba con mi muñeca de trapo ante la presencia de la abuela, que partía aceitunas a la puerta de la casa mientras mi madre trajinaba en sus haberes de aquí para allá. Siempre estaba Ronco, el perro viejo, tendido cerca de la abuela. Ella siempre decía “y el chucho éste, siempre en medio”, pero le sonreía, y Ronco le lamía los pies.

 

Cuando el perro Ronco ladraba era porque venía el abuelo junto a Tonto, su burro. Siempre me daba miedo Tonto, cuando rebuznaba me tapaba los oídos. “Tonto, cállate, que asustas a la niña”, le gritaba el abuelo, para luego llenar la tarde con una sonora risa.

 

Su ritual era diario y escrupulosamente idéntico al día anterior: amarraba a Tonto en la reja del pajar, se quitaba la cazadora y el sombrero, que ponía sobre el respaldo de su butaca, agitaba la palanca de la bomba del pozo para llenar el cubo metálico, unía sus grandes manos y se echaba agua por la cabeza, luego tiraba del roete con que la abuela siempre recogía su pelo hasta deshacerlo y sonreía mientras la abuela decía, “joío viejo, ojú que jarta me tienes”. Le ponía hojas de lechuga, agua y alpiste al jilguero, entraba en casa para volver con un vaso y su botella de vino y se sentaba junto a la abuela.

 

Ahora, sentada en su butaca, entre los trastos de mis recuerdos, miro la vara de azotar los olivos y me pregunto cuántas durezas habrá creado en las manos del abuelo y cuántos remiendos habrá hecho la abuela con esa máquina oxidada. También está la balanza y las herramientas de papá, las tinajas, las orzas y los candiles... y mi muñeca de trapo. Mis ayeres.