El número 10

Aún recuerdo aquella mañana, no puedo precisar el mes que ocurrió, pero el amanecer era de brisa fría y colores cálidos. Manolín “El Satán” pedaleaba en el molinete como fusionado con el coquinero, el de su tío “el mudo”, quien construyó las embarcaciones de los últimos choros, los auténticos.

 

Aquél día recorrimos la costa, la nuestra, la que va desde el morro al puerto. Él, “El Satán”, era de casta marinera, podía saber por dónde beben los vientos... y echar un lance, o dos sin ná que sacá... pero la tercera, hay amigos, la tercera!!!, esa era un rastro cargaíto de coquinas y algunas almejas, lo volcaba en la cubierta y a “espurgá”... las chica pa la má, que el mes que viene vengo a recogerlas, las grandes pal Roqueo, que las paga bien...

 

Un puñao de coquinas le llevé a Teresa, aquella chiquilla de carita preciosa, cuerpo chiquito y carácter inocente. Me dijo que vivía en el número 10, y entré. Era una casita mata, con una puerta de doble hoja, verde la recuerdo. Al frente, un patio, a la izquierda, la tienda de “Tita Fernanda”, que estaba sentada junto a la ventana, en su silla de anea, con la muleta de madera a su vera y su piececillo invalidado por la polio colgando.

 

- Hola, señora, ¿está Teresa?

  • Adelaaaaa... que buscan a la niñaaaa.

 

Apareció Adela, la madre de “mi” Teresa, una mujer chiquita y menuda, de sonrisa permanente, que secándose las manos en el delantal, apareció tras el dintel que separaba el salón que hacía las veces de tienda, de la cocina, me preguntó de manera afable: Hola, ¿buscas a mi Teresa?. Sí, es que le traigo unas coquinas recién cogías. - Un momento, respondió.

 

Joder!!!, qué largo se me hacía el momento. La llamó y al ratillo apareció Teresa... envuelta en una toalla, acababa de salir del baño que estaba en el patio interior. Vaya tela, coño, mira que tiene horas el día, me dije. Solté las coquinas y salí del número 10 como a quien persigue el diablo, resoplando y con el corazón a mil.

 

Luego vinieron otros tiempos. Al poco de aquello volví al número 10, pero no llevaba coquinas, me llevé a la Teresa, estaba embarazada.

 

Contaba sus días el año 1982, poco antes de las calores, así fue que la madre de una niña de mirada fiel dijo a un niñato de no muy clara reputación: “hijo, lo que tenga que venir, en su casa está, sois mu jóvenes, si quieres, aquí se queda, pero cuando tú quieras, te los llevas a los dos”.

 

Ese día entendí que mi vida ya estaba escrita y que nada podía hacer por cambiarla, que ya no había motivo para seguir siendo un adolescente idealista con ganas de romper el mundo en dos... o más trozos. Solo me salió unas tímidas palabras que apenas recuerdo si Adela escuchó: “yo quiero a su hija”. He de decir, que pasados 30 años, sigo teniendo dudas de si las escuchó, pero las sintió, sí, las sintió.

 

Después, acompañados por la inquietud de las familias, las nuestras, y de la soberbia de quien a ustedes se dirige, ocurrieron algunas otras cosas. Los vómitos de la Teresa en el cubo gris, compañero perfecto en el apartamento 004, que tan gentilmente nos cedió Pepito, un buen amigo de mi padre, o el accidente del avión de Spantax en el aeropuerto de Málaga en septiembre de ese año 1982, cuando íbamos a una revisión ginecológica a Málaga.

 

Ahora solo quedaba servir a la patria, sí, joé!!!, aquello que llamaban mili. En octubre de aquél 1982, el 4º reemplazo, en Rabasa, Alicante. Después de eso, todo color de rosa. ¿verdad, Tere?

De la mili solo contaré una batalla, la que sucedió a los inicios del día 7 de marzo de 1983, cuando llegué al cuartel de infantería mecanizada España 18, en Tentegorra, Cartagena.

 

Salía de una guardia en el vetusto cuartel de Antigones, donde solo quedaba la lavandería en la planta baja, y el edificio de residencia de los suboficiales del ejército de tierra, una construcción anexa a lo que en otros tiempos fue el cuartel. El resto de la edificación estaba en ruinas. Cuando llegué al nuevo cuartel en Tentegorra, fue el teniente Pascual quien me dijo con su habitual desagradable tono de voz: Tengo un telegrama para ti. Me temblaron las piernas, pero acerté a decir “a la orden, mi teniente”.

 

Mi hermana Rosario fue quien envió el escueto mensaje “Teresa ha tenido una niña”. Coño!!! si Teresa ha tenido una niña y yo soy su marido, debe ser que somos padres, me dije sin tener muy claro si aún era militar, o esposo y padre a la vez. Resultó que era militar, esposo y padre, sin orden establecido por no estar seguro de poder decidir que quería ser esposo y padre, y que lo de militar era tan circunstancial como una brisa de aire en un día de calma chicha.

 

Cuando llegué al Hospital Materno Infantil de Málaga el día 8 de marzo, vi a una niña mu chica que me pareció fea, pero fea, muy canija y con muchos pellejos, y a su madre, mi Teresa, demacrada y sonriente. Seguí en mi nube.

 

Claro que luego pasaron otras muchas cosas, algunas de ellas residirán en nuestros recuerdos sin que de momento tengan ocasión de ser expresadas, por olvido o por alguna otra razón, pero es importante para mi recordar a la vieja de la casa vieja, la que sentada en su terraza, acariciaba su largo pelo negro, veteado con mechones blancos modelados por sus 90 años, preciosos en cualquier caso. Sentada en una silla de anea, situada estratégicamente mirando a poniente. Siempre había un gato entre sus piernas diminutas mientras pasaba una y otra vez un peine por su larga cabellera. Una señora. No es gratuito el adjetivo que le aplico, ella me enseñó muchas cosas; la calma de ser paciente, el saber estar, cosa que aún habiéndomelo enseñado nunca practiqué. Pero sobre todo, cuando mostraba su sonrisa, la que nunca perdió a pesar de haber visto morir a sus mellizas y a sus hijos; una señora, ya os digo.

 

Esta viejita de nombre Teresa, señora Teresa, era abuela de mi Teresa, y bisabuela de la niña fea, pero fea y con pellejos que antes os describí. Lucía, su biznieta, la de los pellejos, ya había tomado forma de niña preciosa, habría cumplido posiblemente los 5 años, veníamos de dar un paseo cuando la viejita señora estaba con su parsimonioso ritual de peinado, en su silla, con su gato rondado entre sus piernas. Me acerqué a ella con nuestra Lucía de la mano. He de reconocer que siempre me embargaba una emoción muy especial aquella mujer, pero aquél día, cuando le dije a Lucía “dale un beso a la abuela”, ella le ofreció sus manos a su biznieta, y mirándome todo lo fijo que a su edad podía mirar, me dijo con una sonrisa: “los niños no tienen que darle besos en la cara a los viejos, nadie sabe qué enfermedades tenemos”. No comprendí en principio qué quería decir, pero era fácil de entender, había visto morir a sus gemelas, tan chicas, de alguna enfermedad que nadie supo explicarle; y a sus hijos de tuberculosis.

 

En otra ocasión me contó Teresa, mi Tere, que estaba regañándole a la niña Lucía por alguna cosa mal que había hecho, cuando llegó al patio donde la vieja Teresa tenía su reino, le dijo, con su eterna sonrisa pero no sin una pizca de acritud: “No le regañes a la niña, que no sabrás nunca qué puede pasar, y luego te arrepientes”. Aquella vieja, mermada por los años y los acontecimientos que le tocó vivir, es la esencia del resto de nuestros días, los de mi Teresa, los de mi Lucía, los míos... y los de mi Sara, que aún vivía en el vientre de su madre cuando la viejita dijo adiós. Se fue agotada, cansada de vivir, pero sonriendo. Qué mujer!!!

 

Ernesto era el abuelo paciente, nunca tuvo prisa, al fin y al cabo siempre iba cerca, a su recorrido diario con su pandilla de gente buena. Arturo, el de los sifones, Juan, el más viejo, y Julio, el camarero de La Tasca eran los asistentes a su juerga particular, unos vasos de vino blanco en La Tasca, otros en el “Casa el Pulppo”, con Manolillo “el Gallego”, que siempre acompañaba a los contertulios con su vasito de ribeiro, y fin de recorrido en el “Bar Chiquito”. Era realmente emocionante ver a Ernesto con su nieta Lucía de la mano, con la sonrisa en sus labios, heredada de la vieja Teresa, su madre. Siempre tenía alguna lagrimilla en sus ojos que nunca acababan por caer.

 

Pasó que al pobre Ernesto le invadió su cabeza la demencia senil, acabó confundiendo los tiempos, y no los verbales, que a esos nunca les hizo caso por no necesitarlos, pero mezclaba su niñez con sus últimos días, y éstos con lo que en otra época fue. Su hija, mi Teresa, sintió alivio cuando Ernesto dejó de estar, de ser. Aquél día la vi llorar, pero era un llanto dulce, ya sabía que nada le podía ocurrir cuando se perdía caminando sin norte, preguntando por la casa de su hermano, el que murió de tuberculosis muchos años atrás, o cuando se fue a reparar las vías del tren porque recordaba que una vez trabajó en ello. Siempre hubo suerte que alguien lo recogió sin mayor percance que su boca seca y sus fuerzas desgastadas.

 

Hoy sigue viviendo, porque cada vez que entramos en el patio nos topamos con el alicatado de azulejos imitación a sevillanos con los que a él se le ocurrió, en días de mediana lucidez, decorar los frontales de la escalera de acceso a nuestra casa, la primera planta del número 10... y por otras muchas razones que nunca olvidaremos, pero que discúlpenme no las relate, porque sería una violación a la memoria de quienes me acogieron. Deben saber, ustedes, que no tengo autorización para ello... Ni para nada, pero bendita sea esta falta de libertad.

 

Ahora voy a relatar las historias de pareja, cierto es que podría seguir hablando de las bondades que la propia vida me brindó, pero eso sería un mal propósito, porque si algo me lleva a describir esta nuestra historia, es una irrenunciable disposición a deciros que si en algún momento de mi vida llegué a hacer algo productivo, fue por ella, mi compañera, la Tere.

 

Recuerden que en algún pasaje de esta historia dije algo así como que “seguí en mi nube”.

 

Bien, ésta es mi nube, a veces impenetrable, otras libro abierto.... 

Continuará...

 

Escribir comentario

Comentarios: 0