Mi cámara y yo.

Tras una temporada de apagón, de plantearme qué carajo hacer, si realmente merecía la pena ver el mundo a través de un visor tan pequeño, si acaso no se estaba convirtiendo en una enfermedad eso de sustituir el mirar, el ver, por el continuo acto de "encuadrar" he vuelto a salir con ella, mi cámara.

 

Confieso que en un principio sentí una especie de liberación salir sin la carga de la mochila y la que fue mi compañera durante tanto tiempo... pero luego me di cuenta que sí, que era una enfermedad de las incurables. Tenía que asumir que el abuso excesivo de la fotografía crea adicción y que una vez infectado no hay paso atrás... quedas atrapado sin remisión.

 

Me planteé como terapia salir sin ella, incluso dejarla que se fuera con otro, a fin de cuentas yo ya no la quería. Iba a parajes preciosos, de colores perfectos, respiraba hondo, escuchaba el sonido del viento, de los pájaros, me sentía libre sin ella, o eso creía.

 

 

Un día recibí un e-mail, recuerdo que fue un viernes, ofreciéndome la dote que pedí por ella. Inmediatamente la saqué del rincón donde la tenía abandonada y me dispuse a limpiarla, que menos que entregarla aseada y curiosa.

 

Ocurrió que se me alteraron las pulsaciones afectándome las manos con intenso temblar. En principio lo atribuí a algún achaque de la edad que voy sumando.

 

Luego comencé a entender algunas cosas. Por ejemplo, en la sierra de Ronda, caminando por un camino forestal llegué a un prado verde con cientos de ovejas, me senté en una roca durante un buen rato a disfrutar del paisaje, cuando inicié el camino de regreso, volví la vista atrás para comprobar que no había olvidado nada. ¿Qué podría olvidar, el tabaco?. Otra vez, sentado bajo uno de los árboles de un espeso pinar en Villanueva del Trabuco, estaba mirando un grupo de setas fascinantes, me levante y quité unas hierbas que se interponían entre mi vista y las setas, ¿qué pasa, que desenfocaban mi mirada?, algo extraño estaba pasando. En ocasiones, cuando caminaba, hacía un gesto determinante, subía los hombros llevándome las manos a la espalda, estaba claro lo que no quería ver, me colocaba una mochila imaginaria.

 

Lo que ya precipitó el diagnóstico de enfermedad crónica sucedió al sábado siguiente al recibo del e-mail. Decidí despedirme de ella sacándola por última vez con la escusa de comprobar que el sensor estaba bien limpio. Fui a los embalses de Ardales, así como si fuese un compromiso, pero con una emoción contenida. El día era perfecto, con esa niebla que tanto me gusta, mejor dicho, como tanto nos gusta a los dos. La saqué cuidadosamente de la mochila, y ocurrió: hablamos.

 

  • ¿qué objetivo te pongo, angular o tele?

  • Desagradecido, ¿crees que me importa siquiera un poco qué ponerme ahora?

  • Pero...

  • Cállate. Que fácil te ha resultado olvidar que cuando te creías solo, era yo quien estaba a tu vera, quien te mostró los colores cuando todo lo veías negro o, ¿acaso ya has olvidado que, en este mismo lugar te mostré el cielo más hermoso que jamás habías soñado?. Y ahora me preguntas qué ponerme, como si nada esté ocurriendo, como si ahora me importara que con el 50 me sentí feliz de mostrarte la belleza de lo pequeño, o de lo ilusionada que estuve cuando montaba el 70-200 para que vieras la intensidad de los ojos de aquella mujer que tanto te gustaba. Ahora, haz lo que tengas que hacer, luego mándame bien lejos, donde no vuelva a cruzarme contigo, no lo podría soportar. Déjame en paz.

 

Cada palabra suya se clavó en mi conciencia como dagas afiladas. La coloqué sobre el trípode y la vestí con el 17-50 que tan bien ha sabido lucir siempre, la puse a pie de agua, suplicándole perdón y prometiéndole, con las nubes bajas, el azul del cielo y sus reflejos en el agua como testigos, que nunca la dejaré en otras manos y que, así afecte a mi salud mental, será mi compañera hasta el final de mis días.

 

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