Puntá a puntá

La abuela Trini
La abuela Trini

Sepa usted disculparme si no le reconozco, tampoco recuerdo qué ocurrió ayer, mis hijos y nietos ríen diciendo que son cosas de la edad. ¿Qué sabrán ellos? - Abuela, déjate de batallas, dicen cuando les cuento que nací entre las turbulencias del final de la monarquía de Alfonso XIII, antes de la II República y de los acontecimientos que partieron España.

 

Jovencito, déjame decirte que crecí en el barrio de la Victoria, cerca del convento del Servicio Doméstico, donde las monjas se dedicaban a albergar a jóvenes y mayormente a lavar y remendar ropas. Allí vi en 1931, creo que era mayo, como al caer la noche las monjas salían con bultos enormes y ayudando a las más mayores salir con sus caritas de resignación. Luego se formó un gran revuelo y recuerdo que el convento fue asaltado. Aún hoy no se porqué. Luego supe que se quemaron muchas iglesias.

 

En esos días echaba de menos al hombre del barquillo, que siempre ponía su tenderete con forma de jábega cargada de altramuces, garbanzos tostaos, almendras y avellanas. Recuerdo que cada día salía con mis dos coletas y las manos a la espalda a escucharlo cantar siempre la misma copla:

 

 

“Arvellanas calentitas

acabaítas de jasé.

Comprarme una perrilla

y me marcharé.

Arvellanas tostás.”

 

Luci, la muñeca de trapo
Luci, la muñeca de trapo

Luego llegó la guerra, en ese tiempo solo tuve una amiga, Luci, mi muñeca de trapo. La hizo mi abuela, cosiendo trapos viejos rellenos de paja. Tenía dos colas de lana amarilla, sus ojos eran dos manchas pintadas con corcho quemado. Era muy fea y simpática, siempre dormía junto a mí y hablábamos de cuando yo fuese mayor, le contaba que cuando aprendiera a coser le haría el vestido más bonito que nunca una muñeca pudo tener y ella se dormía sonriendo.

 

La muñeca sin nombre
La muñeca sin nombre

Ya cuando aprendí a coser no tuve tiempo para ella, lo hacía para la señora, el señor y la muñeca de su hija. Espero que Luci me comprenda, al fin y al cabo aún la recuerdo a ella y olvidé el nombre de la muñeca de la señorita, a la que le hice un sombrero de terciopelo azul a juego con sus ojos, una rebeca con mangas bordadas, un vestido de cuadros y unas enaguas de encaje. Cuando llegaba a casa no tenía tiempo para Luci, lavar la ropa de mis hermanos gastaba el resto de mi tiempo.

 

 

Un día fui a casa de Josefita “la de la huerta” a comprar un huevo y dos patatas, mamá quería hacer gazpachuelo. Allí estaba él, apoyado en la azada, mirándome. Supongo que se dio cuenta que me sonrojé, pero en los cincuenta años que estuvimos construyendo nuestra familia nunca me dijo nada del primer día.

 

Vivíamos como si mañana fuese el último día, corriendo de aquí para allá, entre carrera y carrera nos besábamos, siempre en la oscuridad.

 

Y así, entre puntá y puntá, ha transcurrido mi vida. Ya, cuando toca retirada, doy mis últimos pespuntes al visillo de mi hija, que me dice que lo necesita, pero se que quiere sentirme útil y que cuando llegue lo que tiene que llegar, lo guardará con sus recuerdos y yo se lo agradezco, porque siempre he pensado que cuando la campaña está hecha no hay mejor pago que el beso de tu gente, es una forma de agradecimiento silencioso a la lucha por su bienestar.

 

Anda!!! ¿y porqué he dicho to esto?... Ahhh!, sí, es que hoy es el Día Internacional de la Mujer y mi nieto quería saber porqué no recuerdo qué cené ayer.... Ayyyyy!, cosas de la edad.

 

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Comentarios: 2
  • #1

    Juan R. Martos (domingo, 13 marzo 2011 10:44)

    Una narración soberbia con una sensibilidad exquisita.
    Un abrazo.

  • #2

    maria... (martes, 06 diciembre 2011 13:25)

    magnifico como siempre...